Estoy en condiciones de asegurar que cualquiera que haya pasado por la cobertura del periodismo político se va a sentir interpelado/a por Chanchos en la ruta. Es una novela viva, que muestra una ciudad latente pero con un ritmo cardíaco bajo y que expone como ninguna otra los sentimientos que nos atravesaron a quienes formamos parte de este micromundo en el que todo parece importante y no lo es, o por lo menos no tanto como pensamos.
Lo mejor de la novela de Matías -por suerte se encarga de decir que es “la primera” y me alegra saber que habrá otras- es la exposición de las relaciones humanas y, especialmente, la que se genera entre colegas que vivieron o viven la misma psicosis.
Qué suerte para el periodismo que se haya publicado.
Un alien, un gol, una radio, una milanesa y una cena con colegas en el Dante no pueden salvar al periodismo, pero pueden ser disparadores para tratar de recuperar una parte de lo que alguna vez nos cautivó.
Con una prosa simple, repleta de humor y reminiscencias de Cortázar y Fontanarrosa, la historia de Rafael Ringuelet nos recuerda la belleza de narrar lo cotidiano, en una realidad que amenaza con anestesiar nuestra capacidad de asombro ante lo simple.
En plena época de clickbait e IA, detenerse, observar y escuchar puede ser un acto de rebeldía, una vía de escape, una forma de transformar la angustia en algo positivo y, quizás, la posibilidad de llegar a ver un chancho en el camino.
Como una buena obra de teatro, Chanchos en la ruta me hizo reír y llorar con intensidad. Tengo el privilegio y la desgracia de conocer, al igual que Rafael, esa trágica deformación del periodismo de oficio (profesión, arte, trabajo, depende de cada quién) a máquina de hacer chorizos. Unos chorizos insulsos, además, y muy mal condimentados.
Esta novela me devolvió una certeza: la lectura y la escritura nos van a salvar cuando la exigencia clara o implícita sea no leer, no escribir, no pensar. Podría ser una oda a la melancolía, si no fuera porque aún nos queda el cerebro para imaginar, y las manos para repasar las texturas de todo eso que nos conmueve. O como diría el protagonista:
“Simplemente disfrutaba de palpar con mis manos los discos y escucharlos de punta a punta en la bandeja, y prefería escribir una nota en vez de que lo hiciera la IA. ¿Tenía algo que ver una cosa con la otra? Sí”.
¿Puede una novela salvar al periodismo? En Chanchos en la ruta, Moscoso presenta a Rafael Ringuelet, un periodista desdichado con el presente y atormentado por el paso del tiempo y la crueldad de un neocapitalismo ensañado con la profesión que lo supo cautivar.
Mientras el protagonista deambula entre redacciones apagadas, la muerte del oficio y fantasías de renuncias que (casi) nunca llegan, el autor propone una reflexión demoledora sobre los medios que debería poder reconocer cualquier periodista.
En ese devenir, sin embargo, Moscoso también filtra, sin resaltador y con una sensibilidad extrema, el lado más luminoso de la vida: los afectos, la infancia, la amistad, la música, los perros, el mar, los libros, la comida y una ternura que resucita en el recuerdo del olor de un estofado preparado la noche previa por un abuelo y una abuela.
Si el periodismo fue el camino que nos trajo hasta este oasis de reír mucho y llorar tanto, la pregunta inicial queda afirmativamente respondida.
Cuando el traqueteo de las aspas de un ventilador viejo sin tapa se mezclaba con el ronquido del gordo cincuentón al que llamaba papá, era el momento en que ¡zas!: me escabullía a la tercera pieza, un tres por tres adosado a mi casa de Gorina.
En esa cápsula espacial había una biblioteca con libros de National Geographic, manuales de historia y grandes psicólogos del siglo XX: mi papá tenía una manía por acumular datos en mi cerebro. Me iba bien en la escuela y él habrá pensado que frente a sus ojos crecía un Einstein sudamericano. Nunca los abrí.
Optaba por la ficción. Lo primero que leí -y no me enorgullece- fueron los de Narnia, una saga de tapa casi transparente. Luego, todos los de la colección Robin Hood, con los cuales me amigué un poco más. El Mago de Oz, Los tres mosqueteros, El Corsario Negro. Esa literatura creció hasta convertirse en la llama del periodismo que hoy late, con sus stents, pero que late al fin.
A ese pasado me transportó la vida y obra de Rafael Ringuelet, un periodista cuyo fuego interior lucha constantemente contra el vendaval que propone la IA, la cantidad por sobre la calidad y las malas condiciones laborales propias de este vicio.
Ringuelet, que protagoniza Chanchos en la ruta, novela de Matías Moscoso, es un faro en una oscuridad que promete ser cada vez más espesa. Embárquese, nomás.
A medida que fui dando vuelta las páginas de Chanchos en la ruta, que casi se dan vuelta solas, en Rafael Ringuelet me pareció ir reconociendo a Matías Moscoso. En el culto a las milanesas y a los bodegones, en la centralidad de la familia -en la devoción por la abuela y el abuelo- y los amigos; en la fascinación por las historias de alienígenas y otras criaturas que solo habitan los bordes de lo razonable; en la búsqeda irrenunciable del gol y en el VW Gol... En la melancolía.
Me sorprendió, en ese trance, reconocerme también a mí. En la platensidad al palo, en el romance precoz con la radio inoculado por mi viejo, que a los 11 años me regaló, como el abuelo a Rafa, una Spika preciosa -de esas que venían adentro de un estuche de cuero color suela del que asomaban el dial redondo y la ruedita de prender y apagar, que servía también para subir y bajar el volumen- para que pudiera imitar su costumbre de ponerla debajo de la almohada y (no) dormirme escuchando al Loco de la Colina; en la vocación inequívoca temprana y en la relación tormentosa con ese fuego que a veces quema; en el mar como destino -en esa fantasía/cliché-.
Chanchos en la ruta nos envuelve en un clima mullido de intimidad, de confesión, de charla en la cocina, aunque salpicado -crispado en dosis justas- por las tensiones de las redacciones y las angustias que nos provocan las preguntas sin respuestas.
¿Matias Moscoso es Rafael Ringuelet o Chanchos en la ruta es pura ficción, un invento de pe a pa, como la crónica de las vacaciones que Rafa nunca vivió, pero narró con lujo de detalles a la vuelta de un verano a pedido de su maestra de la Anexa?
Poco importa, a fin de cuentas. Lo que importa es que Matías sabe contar historias, que quiere escribirlas y, lo mejor, que tiene la generosidad de compartirlas con nosotros.